Señora.

Aún no logro darme cuenta en qué momento de este año toda la población se puso de acuerdo para llamarme de la peor manera que encuentro posible: “señora”. ¡A mí! ¡A la que aún a sus 21 años no lograba entrar a algunos bares porque no creían que era mayor de 18! Siempre me atribuyeron menos años que los que realmente tenía. Cuando cumplí 26 una amiga maquilladora me dijo mientras me aplicaba polvo volátil que no podía creer que no tuviera ni rastros remotos de alguna línea de expresión. La peor parte es que, a mis 27, sigo sin tenerlos. Pero ahora soy SEÑORA. ¿Qué cambió? ¿En qué momento cruzamos esa línea borrosa hacia la vejez inminente? No me queda otra que atribuírselos a mis kilos de más. Dentro de dos meses voy a volver a ese almacén, a ese kiosco y voy a llamar al mismo pibe del delivery de sushi y voy a comprobar si sigo siendo una SEÑORA. No descarto usar una remera de Miley Cirus.

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